
Los/las bebés lloran, se manchan, se despiertan por la noche, hay que darles el pecho o el biberón, luego la papilla y después hay que conseguir que empiece a comer comida de mayores. Y tienen fiebre, vomitan, tienen diarreas, hay que llevarlos al médico y hay que ponerles vacunas.
La fantasía de una maternidad maravillosa y sin problemas, en la que todo es alegria, felicidad y amor lleva a que algunas madres se derrumben y claudiquen desde los primeros meses en gran parte de su responsabilidad educadora. Especialmente, si el padre no está a su lado compartiendo la responsabilidad de la crianza del/la bebé. Los meses siguientes al parto son duros, aunque la recompensa de los también duros meses del embarazo ya está presente en esa nueva criatura llena de ojos, de boca y de piel que acariciar.
Me comentan las educadoras de las escuelas infantiles que hay algunas madres de bebés de un año que se quejan repetidamente de que sus hijos/as les muerden... No saben cómo evitarlo ni cómo reponder. No saben cómo hacer para que esa pequeña criatura vaya aprendiendo a vivir y a crecer como persona, paso a paso, dia a día: a comer, a dormir, a jugar, a hablar, o a callar. Y en demasiadas ocasiones piensan que tener hijos/as les ha complicado demasiado la vida.

Ahora son madres y padres jóvenes pero antes fueron adolescentes, niños y bebés. De una generación a la que no se les ha exigido demasiado y que han aprendido a vivir de una forma muy cómoda, sin demasiadas responsabilidades propias ni en su familia de origen; que aprendieron que lo más importante es cada uno/a mismo/a, por lo que les cuesta ir perdiendo toda esa libertad conseguida a cambio de nada desde su nacimiento.
Si un bebé aprende a morder y gritar y llorar y, con ello, a controlar a sus padres y al resto de adultos, mal comienzo de vida tiene. La responsabilidad de sus padres está en enseñarles que la vida no puede ser así y les tendrán que poner límites claros, reforzarles las conductas adecuadas y eliminar las inadecuades, dándoles amor incondicional y no consintiéndolo todo.
La educación de cada hijo o hija es responsabilidad de los padres. Por eso estaban alarmadas las educadoras de las escuelas infantiles, porque ven como esos padres y madres no son capaces de asumir esa importante reesponsabilidad. Y la guardería, la escuela o el instituto nunca pueden sustituir a la madre y al padre en su tarea de educar. Pueden ayudar y colaborar en la instrucción, en la socialización y en aspectos educativos de su vida, pero la responsabilidad es parental.
Por eso, desde las instituciones públicas, habría que plantear acciones dirigidas a las madres y padres jóvenes para diagnosticar sus capacidades educadoras y ofrecerles medios para que aprendan a cuidar y tratar a sus hijos/as. Y que el paso del tiempo no agrave las situaciones que ahora se van adivinando, cuando estos niños que empiezan a agredir de pequeños lo sigan haciendo de mayores.
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